Showdown del Pop-Tarts: La Ofensiva de BYU es Puro Humo

Showdown del Pop-Tarts: La Ofensiva de BYU es Puro Humo

Showdown del Pop-Tarts: La Ofensiva de BYU es Puro Humo

El Tostador de la Vergüenza: ¿Quién Puso a Jugar a los Cuartos Equipos?

A ver, a ver, pongámonos serios un momento, aunque el tema no lo amerite. Estamos ante el platillo fuerte de los juegos que nadie quiere jugar: el Pop-Tarts Bowl. ¡Suena como el nombre de un sabor de cereal que sacaron y retiraron a la semana! Y el menú es el No. 12 BYU enfrentándose al No. 22 Georgia Tech. ¿De verdad creen que a alguien le importa el ranking ahora? Eso es como contar los granos de arena cuando ya se fue la marea alta, o sea, el College Football Playoff. El verdadero fútbol de verdad ya se acabó, ¿o qué? ¿No se dieron cuenta?

La Depredación de la Plantilla: ¿Dónde Están los Jugadores?

Lo que más nos venden es la noticia bomba: la ofensiva de BYU está más flaca que un tamal de frijol de Cuaresma. O sea, andan con las reservas tocando la puerta. Tres semanas de preparación para que Georgia Tech enfrente un ataque tan ‘intrincado’ como un chiste que ya contaron dos veces. Seamos francos, si la defensa de Georgia Tech no puede parar a este equipo es porque, honestamente, se durmieron viendo TikTok durante el simulacro de práctica. ¿De verdad esperamos magia aquí? ¡Ni que los jugadores de BYU tuvieran poderes como el Chapulín Colorado!

Y luego está el trofeo. Un tostador. ¡Un tostador! Y encima, el reporte indica que el tostador ni siquiera funcionaba bien cuando el entrenador de BYU lo vio. ¡Es el símbolo perfecto de todo el circo! Algo que debería darte calidez, algo que debería terminar el trabajo, y resulta que está chafísima, como cuando vas por unas quesadillas y te dicen: “No hay queso, ¿le va o no le va?”. Es una burla a la integridad deportiva. ¿Acaso prometieron que el ganador se llevaría un juego de sartenes antiadherentes y luego se echaron para atrás? ¡Pura vacilada!

La Mentalidad de ‘Ya Me Quiero Ir a Mi Casa’

El hecho de que estos partidos pasen después de los juegos serios es lo que los mata. Es como ir a una fiesta increíblemente buena, y que te obliguen a quedarte a limpiar los restos del desayuno al día siguiente. Nadie quiere estar ahí. Los jugadores de BYU están viendo el calendario pensando: “Mi viaje a Cancún está pagado, ¿por qué tengo que correr en este calor de Orlando?”. Es el agotamiento puro, mi buen. No es falta de talento, es falta de ganas. Y con la ofensiva hecha pedazos, las ganas son el recurso más escaso.

Georgia Tech, en cambio, debe estar pensando: “¡Gracias, universo! Nos tocó el equipo que ya se fue de vacaciones mentalmente.” Es como jugar contra un equipo de fútbol amateur que solo se juntó porque el capitán les prometió tacos al final. Es un regalo del destino, y si no ganan, entonces sí que deberían poner sus uniformes a la venta en un tianguis.

¿Qué implicaciones tiene esto para el futuro? Ninguna. Cero. Absolutamente nada. Este juego solo sirve para inflar las estadísticas de algunos jugadores que quieren impresionar a su agente de cara al Draft. Pero para el aficionado promedio, es solo tiempo muerto. Es la película de relleno que ponen en el canal cuando no hay estrenos. ¿Pero saben qué? Lo vamos a ver. Porque somos masoquistas deportivos. Estamos programados para buscar emoción donde ya no la hay, como intentar arreglar una licuadora que ya quemó el motor.

La defensa de BYU tiene el trabajo más duro: tiene que parecer que le importan los tres puntos que van a anotar. Tienen que simular intensidad mientras sus compañeros de equipo están mentalmente empacando maletas. Es una pesadilla logística y emocional. ¿Cómo le pides a un chavo que deje su descanso y se arriesgue a una lesión por un tostador que, repito, no prende? ¡No hay incentivo real!

Y ni hablemos de los comentaristas. Van a tener que inventar historias épicas sobre la garra y el corazón de un equipo que está visiblemente incompleto. Van a decir cosas como: “Se nota la mística de la institución.” ¡No, se nota la falta de profundidad en la banca, carnal! Es hora de ser sinceros. Este juego es un trámite burocrático disfrazado de deporte universitario. La verdadera batalla ya se libró en diciembre, y fue la del CFP por el rating.

Este es el fútbol americano de fin de ciclo. Es cuando sacas el pollo que guardaste en el congelador hace un mes y lo intentas descongelar a toda prisa. El resultado es incierto, probablemente un poco seco, y de todas formas te lo vas a comer porque tienes hambre. BYU y Georgia Tech están ahí por obligación contractual, no por gloria. Y el tostador roto es la cereza del pastel de esta mediocridad anunciada. ¡Qué chistoso es el deporte profesional, eh! A veces da más pena ajena que otra cosa. ¿A poco no?

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