Circo de Trump se apodera del Kennedy Center: Guerra Cultural

Circo de Trump se apodera del Kennedy Center: Guerra Cultural

Circo de Trump se apodera del Kennedy Center: Guerra Cultural

El Desmadre Cultural: Cuando la Alta Cultura se Rinde ante el Espectáculo Pop

La neta, no sé por dónde empezar con este chisme. Es como si la realidad se hubiera fumado un churro de la buena y hubiera decidido escribir una comedia de enredos. Piénsenlo bien: El Centro Kennedy de Artes Escénicas, ese lugar que representa todo lo que es la alta cultura gringa, con sus óperas aburridas y sus ballets de gente flaca, está a punto de cambiar su nombre para incluir a Donald J. Trump. ¡Órale! Es como si de repente decidieran ponerle el nombre de un luchador de la WWE a la Cineteca Nacional. Es la colisión perfecta de dos universos que nunca debieron tocarse, y el resultado es un desastre que te hace reír y llorar al mismo tiempo. Porque este no es un simple cambio de nombre, es el clímax de la guerra cultural que ha estado hirviendo a fuego lento en Estados Unidos, donde la gente que le gusta el arte de verdad se enfrenta a la gente que solo le gusta el espectáculo.

Y lo más chistoso de todo es cómo se armó este relajo. Resulta que el consejo de administración del Centro Kennedy, esos señores serios que deciden qué tipo de arte es digno de ser exhibido, cambiaron sus propias reglas internas meses antes de que se propusiera formalmente añadir el nombre de Trump. Es decir, prepararon el terreno. Le quitaron las piedras al camino para que el señor del tupé dorado pudiera desfilar sin problemas. Esto no es solo un acto de servilismo político; es una obra de arte burocrática en sí misma. Es la prueba de que, incluso en los santuarios de la cultura, la política y el dinero mandan. Y es que la verdad, ¿quién se iba a imaginar que el legado de Kennedy, ese símbolo de la elegancia y el “Camelot” estadounidense, iba a terminar peleando por espacio en un letrero con un empresario inmobiliario que prefiere el oro falso al arte genuino? Es la historia de América resumida en un solo cartel: la sofisticación contra la vulgaridad, el pasado contra el presente, y al final, gana el que grita más fuerte.

Pero no nos engañemos, el problema no es solo Trump. El problema es que la alta cultura gringa, esa que se siente superior y mira por encima del hombro a la gente común, se ha desconectado tanto de la realidad que ya no tiene la fuerza para defenderse. La gente común, los votantes de Trump, ven el Centro Kennedy como un símbolo de la élite que los desprecia. Entonces, cuando ven que el nombre de Trump se añade al lugar, no lo ven como una profanación; lo ven como una victoria, como una forma de decirles a los “fresas” de la costa que su tiempo se acabó. Es la venganza de la banda, la revancha de los que fueron ignorados por la élite. Y la verdad, para el observador externo, es un circo espectacular. Es la caída de un ídolo de porcelana, y el reemplazo por una estatua de yeso pintada de oro. Porque el arte ya no es para todos; es para el que tiene el dinero para comprarlo, o en este caso, el poder para ponerle su nombre. Es la triste realidad de que en Estados Unidos, todo es un negocio, incluso la cultura, y el precio es un cambio de nombre. Es una lección.

El Imperio de la Marca: Trump como Plaga Cultural

Y aquí viene lo interesante: el fenómeno de la marca Trump. El tipo ha puesto su nombre en todo: hoteles, casinos, campos de golf, corbatas, e incluso, según dicen, en el alma de un partido político. Es un tipo de branding que no tiene paralelos en la historia moderna. No es como un Bill Gates que da dinero a la caridad y luego le ponen su nombre a un ala de un hospital. No es como un Rockefeller que construye museos. El branding de Trump es intrínsecamente personal, es como un sello de garantía de que lo que estás comprando tiene su toque particular: mucho oro, poco sabor y un montón de controversia. Y ahora, este “toque” se va a extender a un centro cultural. ¿Qué significa esto para el Centro Kennedy? Significa que dejará de ser un lugar de contemplación para convertirse en un lugar de espectáculo. Significa que el arte pasará a un segundo plano, y la marca Trump será la estrella principal.

Imagina la programación futura. Ya no solo habrá óperas y ballets clásicos. No, no, no. Habrá conciertos de country, peleas de boxeo, y tal vez hasta un reality show grabado en vivo desde el escenario principal. El Centro Kennedy se convertirá en un “T-Center” (Trump Center), un lugar donde la gente va a ver y ser vista, donde la cultura es solo un pretexto para el show. Porque para Trump, el arte no es algo que se aprecia; es algo que se usa. Es un accesorio más en su guardarropa, y ahora lo va a usar para legitimar su legado. Y la gente que va a ir a ver las “nuevas” obras de arte del Centro Kennedy-Trump, no lo hará por la calidad de la obra, sino por el morbo de estar en un lugar que ha sido politizado hasta la médula. Es la muerte de la cultura como un espacio neutral, y el nacimiento de la cultura como un campo de batalla político. Es como si el Coliseo de Roma reabriera sus puertas, pero en lugar de gladiadores, tuviéramos a políticos insultándose en el escenario. Es el desastre perfecto. Es el desastre que merecemos. Es el desastre que vendrá.

Y la historia nos enseña que las instituciones que se rinden ante el poder político, eventualmente pierden su alma. El Centro Kennedy se fundó para honrar a un presidente que, con todo y sus defectos, representaba una cierta idea de progreso y de “intelectualismo” en la política. Ponerle el nombre de Trump, un hombre que desprecia el intelectualismo y prefiere el espectáculo, es como borrar la memoria histórica del lugar. Es como si los nuevos dueños de un restaurante de alta cocina decidieran cambiar el menú por hamburguesas baratas y refrescos de cola. El edificio seguirá ahí, la estructura será la misma, pero el espíritu, el alma del lugar, se habrá ido. Y lo peor de todo es que a la mayoría de la gente no le importará. A la gente le importa más el precio de la gasolina que si un centro cultural mantiene su integridad. Y esa es la neta, esa es la verdad incómoda que nadie quiere aceptar. La cultura ha perdido la batalla contra el espectáculo. Ya no hay vuelta atrás.

El Boicot de los Artistas: La Batalla Perdida de la Élite

Pero no todo es risa y desmadre. Hay gente que sí está enojada. Hay artistas que han cancelado sus presentaciones en el Centro Kennedy como protesta por este posible cambio de nombre. Y es aquí donde entra la parte más cómica y más patética de toda esta historia. Porque los artistas, esos seres sensibles que creen que su arte tiene el poder de cambiar el mundo, se están enfrentando a un enemigo que se alimenta de su indignación. Cada cancelación, cada protesta, cada artículo de opinión que condena la decisión, solo sirve para darle más publicidad a Trump. Es como si le estuvieran dando más gasolina al fuego. El boicot de los artistas no detiene nada; solo valida la idea de que Trump es el defensor de la gente común, el que se atreve a desafiar a los “la élite” cultural que se siente superior. La élite cree que su boicot es un arma, pero en realidad, es un boomerang que les golpea en la cara. Y a Trump, le encanta este juego. Le encanta ver cómo los “fresas” se retuercen de dolor. Es su combustible, su energía, y lo usa para consolidar su poder. El artista piensa que está luchando contra un político, pero está luchando contra un fenómeno cultural que no entiende.

Porque la verdad es que la mayoría de la gente no le importa si el Centro Kennedy se llama Juan o Pedro. La gente tiene problemas reales, problemas de dinero, problemas de salud, problemas de seguridad. Y cuando ven a un artista quejándose por un cambio de nombre, lo ven como un capricho de gente rica que no tiene nada mejor que hacer. Es un divorcio total entre la realidad de la gente y la realidad de la élite cultural. Y esta desconexión es el caldo de cultivo perfecto para el populismo. Los artistas creen que están defendiendo la cultura, pero en realidad, están defendiendo su propio estatus social, su propio círculo de amigos. Y esa es la gran lección de esta historia: la cultura, cuando se vuelve elitista, se vuelve vulnerable. Y el populismo, cuando ataca a la cultura, sabe exactamente dónde golpear. Es un golpe bajo, sí, pero es efectivo. Y al final, el Centro Kennedy se convertirá en un recordatorio permanente de que la cultura gringa ya no es un espacio de unión, sino un campo de batalla donde los dos bandos se lanzan insultos y cancelaciones. Y el ganador, por ahora, es el que tiene el nombre más grande. Y el perdedor, es la cultura misma.

Foto de ahundt on Pixabay.

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