El Bowl de Birmingham Expone la Poca Calidad del Futbol Universitario
El Desfile de la Mediocridad: Analizando el Engendro del Birmingham Bowl
Aquí estamos, raza. 29 de diciembre. Se supone que es la cúspide de la temporada de futbol americano colegial, ¿verdad? ¡Puro humo! Nos toca enfrentar el JLab Birmingham Bowl, una joya de la corona donde Georgia Southern y Appalachian State van a dársela en el Protective Stadium. (Y sí, ‘JLab’, porque suena muy épico patrocinar un juego con equipos que ni a las grandes ligas—las Power Five—lograron asustar.) Es un partido a mediodía, en pleno lunes, el equivalente deportivo a comer frijoles refritos cuando esperabas un buen cabrito. Dicen que en Birmingham aman a su gobernador y que les gusta el futbol a esa hora, pero seamos francos: nadie pidió este espectáculo de medio pelo. Es la obligación contractual que se cumple porque hay que llenar el calendario antes de que los verdaderos contendientes entren en acción por el título nacional. Es lo que pasa cuando tienes más equipos elegibles para bowls que talento genuino.
La Fiesta del ‘Casi Lo Logramos’: Por Qué Estos Bowls Son un Chiste
No nos hagamos tarugos, este es el relleno del relleno. Antes, los bowls eran un premio gordo; ahora son una cita forzosa en un lugar donde hace un frío incómodo o, en este caso, un clima dudoso en Alabama. Georgia Southern contra App State. Dos equipos de la Conferencia Sun Belt que, con mucho respeto, echaron ganas, pero esto no es el Rose Bowl. Esto es lo que pasa cuando la NCAA obliga a todos a viajar para jugar un partido que le importa un pepino a la nación entera, y donde la mitad de los jugadores estrella ya están pensando en sus vacaciones o en declararse elegibles para el Draft de la NFL. (Es el premio de consolación, el trofeo de participación disfrazado de evento deportivo.)
El horario es el verdadero crimen aquí: 1:02 p.m. (hora central). ¡Hora de la siesta para la gente que sí tiene chamba! Esa hora grita: ‘Nadie nos quiso en horario estelar, así que aquí nos toca’. Y claro, el famoso SportsLine Projection Model va a dar sus ‘picks’ con la misma pasión que un cajero automático dando cambio. Modelo probado, dicen. ¿Qué prueba? Que hay demasiados equipos en el futbol americano colegial. Punto. Nos venden paridad cuando lo que hay es exceso. Si estos cuates hubieran tenido una temporada espectacular, no estarían en Birmingham en diciembre, estarían jugando algo con tradición de verdad, no algo patrocinado por un laboratorio, ¡por el amor de Dios!
El Ritual del Bajo Perfil: Cuando la Tradición se Vende al Mejor Postor
El Birmingham Bowl ha cambiado de nombre más veces que un político en campaña. Antes, tenía más lustre. Ahora, suena a que te van a dar un descuento en vitaminas si compras boletos. Y la otra joya que mencionan, el juego ‘Deeper Than Hate’ (Más Profundo que el Odio) que se juega el mismo día. Imagínate el contraste: un juego que promete reflexión profunda y otro donde dos equipos pelean por no terminar con marca perdedora. Es el circo completo. La gente que asista no lo hace por la pasión inherente del encuentro; lo hace porque es futbol en TV y estamos aburridos, esperando que empiecen las Liguillas de verdad en México o que el clima mejore para salir a la calle.
La historia de estos dos equipos, Forjadores en el FCS (la división amateur), se siente diluida en el FBS. Es como si trajeran un luchador de barrio a pelear contra un peso completo; hay técnica, pero falta el nivel de producción. Cuando las casas de apuestas ponen a estos equipos casi parejos, significa que el resultado es un volado, y un volado es aburrido si no tienes lana metida o si no conoces a alguien que esté jugando. ¿Quién va a invertir su tiempo viendo esto, a menos que seas un masoquista del deporte o que tu tío el entrenador esté ahí de asistente?
Especulación Callejera: ¿Qué Deja un Triunfo Trivial?
Si App State gana, se van contentos y dicen que terminaron fuertes. Si Georgia Southern gana, igual, dicen que superaron las expectativas. Pero en el panorama nacional, esto es ruido blanco. Lo único que les deja un trofeo, por muy chafa que sea, es munición para el reclutamiento. ‘¡Ven a jugar con nosotros! ¡Ganamos Bowls! ¡Hasta los de la tarde en Alabama!’ Es pura publicidad para convencer chamacos de que firmen con el programa. En el reclutamiento, hasta un triunfo contra un equipo X en un bowl olvidado cuenta como si hubieran ganado el Super Bowl. Es la necesidad de inflar el ego del programa, porque si no hay un Bowl, se percibe estancamiento, y estancamiento en el futbol colegial es como morir lentamente.
Si llueve o hace un frío espantoso, este partido se convierte en una masacre de pases incompletos y carreras desesperadas. No van a arriesgar el balón porque saben que un error tonto en un juego sin trascendencia nacional es imperdonable. Se enfocan en el juego terrestre no por estrategia, sino por supervivencia emocional. La narrativa televisiva será forzada: hablarán de la ‘garra’ y del ‘corazón’, porque de talento puro, pues no hay mucho que presumir si no están en el Top 25.
La referencia al gobernador y al amor local por el futbol es clave. Es un negocio regional disfrazado de festejo deportivo. Les conviene tener un evento, aunque sea de segunda, para mover la economía local y darle algo a la gente que sí le va a las cosas de Alabama. Pero el costo real es la dilución de lo que significa un ‘Bowl Game’. Hemos llegado a un punto donde estamos premiando la capacidad de viajar y participar, no la excelencia. ¡Qué oso! Necesitamos que el deporte se ponga las pilas y reduzca el número de estos eventos patéticos, o al menos que les pongan nombres que suenen a gloria y no a una marca de zapatos deportivos que nadie conoce. Pero bueno, mientras haya cerveza y botanas baratas, la gente va a prender el televisor. A ver si App State no termina haciendo una travesura y nos regala un poco de emoción real, aunque sea a la 1 de la tarde. ¡Ánimo, que el futbol es futbol, aunque esté jugando a la hora del almuerzo!






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