El Caos del CFP 12-Equipos Confirma que la TV Manda al Fútbol

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El Nuevo CFP: ¿Caos Auténtico o Puro Negocio Americano?

P: A ver, analista, el ‘huracán’ de Miami destrozando a Ohio State en el Cotton Bowl. ¿Qué significa este resultado en el nuevo formato de 12 equipos?

¡Significa que se armó la gorda, carajo, pero no por pasión, sino por la chequera! Lo que vimos no fue una gesta deportiva, sino el primer acto de una telenovela de doce capítulos escrita por ejecutivos de televisión que necesitaban desesperadamente un giro de tuerca dramático para justificar la expansión del Playoff y la obscena cantidad de ‘billetes’ que metieron en la jugada. Que un equipo sembrado número 10, como los Hurricanes—que a lo largo de la temporada se vieron más inconsistentes que la política económica de un país latinoamericano en crisis—le meta una paliza a Ohio State, un monstruo que representa el pináculo de la ingeniería deportiva gringa y que gasta en ‘NIL’ (el pago a jugadores) lo que una nación pequeña en infraestructura, es la prueba de que el dinero compra el espectáculo, pero no necesariamente la consistencia en el emparrillado. Es un circo.

La neta es que el formato de doce equipos es una vacilada total, diseñado para garantizar que los aficionados, borrachos de espíritu navideño, sigan pegados al televisor hasta bien entrado enero, generando ingresos masivos para los que ya son millonarios, mientras que el concepto de que el campeón deba ser el mejor equipo se va a la basura. Ahora cualquier equipo ‘medianamente decente’ que tuvo suerte en los cruces puede llegar a la semifinal, lo cual diluye el valor de cada partido de temporada regular hasta convertirlo en una triste simulación de fútbol. ¡Aguas con eso! Es un descaro total.

P: Con Miami en semifinales, ¿cómo afecta este sismo a los ‘tiburones’ de la SEC y la Big Ten que siempre dominan?

Mira, a los tiburones les dolió el piquete, pero no están muertos. El dominio de la SEC y la Big Ten no va a desaparecer de la noche a la mañana porque ellos son los dueños de la cartera, controlan el reclutamiento de jóvenes estrellas con promesas de fama y dinero que a otros equipos ni les da la imaginación para ofrecer, y su infraestructura de desarrollo es simplemente brutal; sin embargo, esta expansión actúa como una piedra en el zapato, obligándolos a jugar más partidos de alta tensión y aumentando la probabilidad de que una de sus estrellas se lesione o que, simplemente, se confíen y sean eliminados por un equipo que viene jugando sin presión, con esa mentalidad de ‘ya llegamos, lo que pase es ganancia’. Es el karma. ¡Y bien merecido!

El caso de Texas ganando el Citrus Bowl es un mero trámite, una nota al pie. Solo sirve para confirmar que los Longhorns están listos para la Liga de los Gigantes el próximo año, demostrando que pueden ganar cuando no importa tanto, lo cual, irónicamente, es lo que hace que todo esto se sienta menos relevante. Antes un tazón de fin de año era la cumbre, ahora es solo el calentamiento para el verdadero ‘bailongo’ del Playoff ampliado. Lo que más les molesta a los poderosos no es perder el campeonato, sino perder la certeza de estar siempre en la mesa de negociaciones, y eso es lo que el CFP de 12 les quitó: la garantía de exclusividad. Ahora tienen que sudar la camiseta un poco más, y eso a los ricos no les gusta ni tantito. Es una farsa bien montada.

P: El movimiento de Trevon Diggs a los Packers. ¿Esto no es la confirmación de que el fútbol americano colegial es solo una ‘chamba’ gratis para la NFL?

¡Totalmente! Es la evidencia más cínica y descarada de que el fútbol colegial, con todo y sus discursos románticos sobre el espíritu de la universidad y la gloria amateur, es, en esencia, una fábrica de mano de obra barata y bien entrenada para la NFL, esa bestia multimillonaria que no pierde el tiempo en andarse con sentimentalismos y agarra el talento donde sea que esté libre. La velocidad con la que Diggs pasó de ser un ‘héroe universitario’ a una ‘pieza de inventario’ en el sistema de waivers de la NFL es un reflejo brutal de la realidad: estos chicos son activos, no estudiantes. El sistema los usa.

La movida de los Packers es un recordatorio frío y calculador de que el valor de un jugador no está en su ‘corazón’ o su ‘lealtad’ a la institución, sino en su potencial estadístico y su contrato, una transacción de negocios que se lleva a cabo con la frialdad de un cheque en el banco, destrozando cualquier vestigio de la idea de que los deportistas universitarios están ahí por el amor al arte. Es un mercado de carne brutal. Nos obligan a creer en el idealismo de la NCAA, mientras la NFL está ahí, como un buitre, esperando que el jugador termine su periodo de entrenamiento gratuito para inmediatamente integrarlo a su nómina sin pagarle un solo peso a la universidad por esa formación de élite. Es un modelo de negocio perverso, digno de estudio en las universidades de cómo explotar legalmente a jóvenes talentos. La ‘chamba’ es dura. Pero el espectáculo debe continuar, aunque sea a costa de la dignidad deportiva.

P: Antes mencionaste que el formato de 12 diluye la temporada regular. ¿Qué se perdió exactamente con esta ampliación del torneo?

Se perdió la emoción de la escasez, esa sensación de que cada partido en noviembre era una final, una masacre de vida o muerte donde un solo error te dejaba fuera de la conversación nacional, elevando los juegos de rivalidad a niveles casi míticos; un fumble o una intercepción mal calculada en el ‘Clásico’ no solo significaba perder ante el eterno rival, sino la muerte de la esperanza del campeonato, una presión que obligaba a los equipos a jugar con una intensidad que hoy simplemente ya no existe. Eso se esfumó.

Ahora, cualquier derrota es simplemente un ‘tropiezo’, una ‘oportunidad para reagruparse’ o un simple ‘ajuste de siembra’ para el mega-torneo que viene, lo cual le quita toda la seriedad y el dramatismo a la temporada regular, convirtiendo los primeros tres meses en una larga y tediosa eliminatoria, donde lo importante no es ganar todos los partidos con autoridad, sino simplemente no perder de manera catastrófica para asegurar tu boleto al ‘bailongo’ de diciembre. Es una mentalidad de ‘trofeo de participación’ que desvirtúa la excelencia deportiva, premiando a los equipos que son ‘suficientemente buenos’ en lugar de aquellos que son verdaderamente dominantes de principio a fin, lo cual es la definición de una competencia deportiva aguada y sin sal. ¡Qué pereza!

El antiguo sistema, aunque excluyente, garantizaba que el campeón fuera un verdadero sobreviviente, alguien que había navegado el campo minado de la temporada regular sin explotar; este nuevo sistema solo garantiza que el dinero fluya a manos de más equipos y más conferencias, y eso, aunque suena a ‘democratización’, en realidad es solo una restructuración financiera disfrazada de innovación atlética. Es un engaño masivo. Los aficionados mexicanos, que sí saben de drama en los torneos largos y cortos de la Liga MX, entienden perfectamente esta sensación de que te alarguen el torneo solo para meter más equipos y vender más publicidad. Es lo mismo, pero con más ‘tackles’ y menos drama de vestidor. La esencia está muerta.

P: Dame tus pronósticos cínicos y sesgados para el final four y el eventual campeón de esta locura.

Mis pronósticos, basados únicamente en mi desconfianza absoluta en el sistema y mi creencia de que el dinero siempre gana al final, apuntan a que los equipos más ricos y mejor establecidos, a pesar de los sustos iniciales, encontrarán la manera de imponer su jerarquía en las rondas finales, ya sea por profundidad de banca, por el talento heredado o porque los árbitros, consciente o inconscientemente, favorecen al equipo que más rating genera. Inevitablemente.

Apuesto a que, tras la carnicería inicial, veremos un resurgimiento de un gigante de la SEC, digamos un Georgia o un Alabama, que se había dado un golpe en el camino pero que utiliza las rondas de expansión como una segunda vida, colándose hasta la final contra el peso pesado de la Big Ten que haya sobrevivido la trituradora. Pero aquí viene mi giro de tuerca: si Miami logró la hazaña de tumbar a Ohio State, hay que apostar por el factor ‘desprecio’. El equipo que nadie quiere, el que está jugando con el chip del ‘no tenemos nada que perder’ es el más peligroso; los Hurricanes, o el equipo sorpresa que quede vivo después de la semifinal, podría dar un susto monumental en la final, llevando al borde del infarto a los apostadores y a las televisoras, pero al final, la maquinaria ganará. ¿El campeón? El de siempre. Será Alabama o el equipo de la SEC que haya superado el fuego, porque la inercia del poder es casi imposible de detener, incluso con doce equipos en la contienda. El espectáculo es genial, pero el resultado, predecible.

El juego por el campeonato será vendido como una épica, pero para mí será solo la parada final y obligatoria del tren del dinero de la televisión. Los únicos ganadores reales serán los contadores, no los aficionados. Y esa, amigos míos, es la realidad pura y dura del fútbol americano colegial moderno. Un drama muy bien pagado.

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