El Fracaso de Primer Mundo: Nieve en París y Caos Total
La Rendición Francesa ante un Puerco Granizo
La maquinaria burocrática de la República Francesa, esa que se siente la divina garza, se nos dobló gacho con un poquito de nieve que cayó este martes. ¡No mamen! Mientras aquí en México nos aguantamos los baches que parecen cráteres lunares bajo la lluvia, allá en París se les cierra el mundo porque el piso se puso resbaloso. Valérie Pécresse, que parece que nos habla como si fuéramos niños de kínder, salió a decir que por favor nadie salga de su casa. ¡Qué elegancia la de Francia! El chiste se cuenta solo: un país del G7 paralizado porque no saben qué hacer con el hielo. Esto no es un desastre natural, es un monumento a la flojera institucional y a la falta de huevos para gestionar una ciudad de verdad. Hubo cinco muertos (gente real, no números) porque la dichosa ‘célula de crisis’ de Laurent Nuñez se tardó más en peinarse que en mandar las salitreras a la calle. Es de risa loca. Nos venden el sueño europeo y nos entregan una pesadilla de hielito raspado donde nadie puede moverse.
El Cronograma del Desmadre Estilo Europeo
Fíjense bien cómo estuvo la movida porque está para llorar de risa si no fuera por la tragedia. Primero, los meteorólogos avisan que va a nevar (sorpresa, es invierno). Luego, el gobierno entra en pánico total como si estuvieran viendo un fantasma. Y al final, la orden es: quedense en su cantón. O sea, el gobierno te cobra impuestos de primer mundo pero te ofrece servicios de pueblo abandonado cuando la cosa se pone fría. Las muertes en las carreteras de Francia no son accidentes, son negligencias de un estado que prefiere que la economía se detenga antes de admitir que no tienen ni idea de cómo limpiar una calle de manera eficiente. En varios países de Europa pasó lo mismo; parece que se les olvidó cómo vivir en su propio continente. Es una patética falta de preparación disfrazada de ‘prevención’.
¿Primer Mundo? ¡Mis Polainas!
Si en la Ciudad de México se nos inunda el metro y nos quejamos, lo de París es de otro nivel de pena ajena. Tienen toda la lana del mundo, la tecnología y se supone que son los más cultos, pero se les cae el teatrito con tres centímetros de nieve. La Pécresse pidiendo que no se muevan es el equivalente a que aquí nos digan que no vayamos a la chamba porque hay charcos. Es una burla para el trabajador que tiene que salir a rajarse el lomo. El transporte público se volvió un caos y la gente quedó varada como si estuvieran en medio del Ártico y no en una de las capitales más ricas del planeta. La neta, da coraje. Cinco personas perdieron la vida tratando de llegar a sus destinos porque los caminos eran pistas de patinaje mortales. Y mientras tanto, los políticos bien calientitos en sus oficinas pidiendo ‘prudencia’. ¡No sean payasos!
El Futuro está de la Patada y Bien Helado
Lo que viene es peor, se los aseguro. No van a aprender nada. El próximo año va a caer otra nevada y van a volver a salir con su cara de sorpresa a decir que ‘fue un evento extraordinario’. El Joker Satírico se los dice claro: la nieve es el espejo de su propia incapacidad. Estamos viendo cómo sociedades que se creen superiores se desmoronan por un cambio de clima predecible. La brecha entre los que pueden hacer ‘home office’ y los que tienen que manejar en el hielo para comer se hace más grande que la Torre Eiffel. Es un desastre social envuelto en una bufanda de diseñador. No esperen que mejore, esperen que les sigan pidiendo que se guarden mientras ellos se lavan las manos. La infraestructura está vieja, el espíritu está frío y la competencia brilla por su ausencia.
La Psicología del Miedo al Copo de Nieve
¿Por qué les compramos el cuento? Porque nos han hecho creer que la naturaleza es una enemiga imbatible para ocultar que el presupuesto se lo gastan en puras tonterías en lugar de mantenimiento básico. Ver a París rendirse así es una lección para todos: el desarrollo no sirve de nada si no puedes garantizar que un ciudadano camine al súper sin romperse la maderina. Es la humillación total de la modernidad. El hielo se va a derretir, pero el oso que hicieron va a durar un buen rato. Al final, somos nosotros los que pagamos los platos rotos (y los coches chocados). Qué pinche desmadre, de veras.






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