Escándalo Maduro: La Guerra de Poderes que Destrozó al Congreso

Escándalo Maduro: La Guerra de Poderes que Destrozó al Congreso

Escándalo Maduro: La Guerra de Poderes que Destrozó al Congreso

El Chismógrafo Político: La Invasión Fallida de Trump y la Cruda Realidad de Washington

¿Qué diablos pasó en Venezuela y por qué el Congreso de EE. UU. está armando un berrinche?

Y así llegamos, de nuevo, a ese punto incómodo y predecible donde un presidente se salta todas las reglas, porque cree que puede hacerlo sin consecuencias, o al menos no antes de que la siguiente nota noticiosa lo borre todo, que es precisamente la razón por la que este asalto militar no autorizado contra Nicolás Maduro se convirtió en un desastre constitucional, un chivo expiatorio político y una vergüenza genuina para todos los involucrados. Porque la historia oficial, esa donde Donald Trump autorizó un golpe militar para arrestar a Maduro por cargos de narcotráfico, es puro cuento, un camuflaje diseñado para ocultar la verdadera historia, que es el teatro político que se vive en Washington. Los detalles son vagos por una razón, probablemente porque la operación en sí misma fue mal concebida, carecía de consulta con el Congreso y estaba destinada al fracaso desde el principio, pero veamos los hechos que sí conocemos, que pintan un panorama de una Casa Blanca operando completamente fuera del marco legal establecido por la Ley de Poderes de Guerra. Y mientras esto sucede, figuras del Congreso como Jeanne Shaheen y Tim Kaine actúan sorprendidos, como si fuera la primera vez que un presidente toma medidas ejecutivas sin pedir permiso. Es una pauta que se repite por décadas, pero de repente se convierte en un asunto crítico cuando les conviene a su agenda política. Esta saga es un barril de pólvora.

Porque seamos sinceros: en el momento en que un presidente autoriza una acción militar contra un líder extranjero, especialmente uno tan controversial como Maduro, sin siquiera una llamada telefónica a los líderes clave del Congreso, está pidiendo una tormenta política. La idea de que esto fue por una preocupación genuina por los derechos humanos en Venezuela es ridícula; si eso fuera cierto, habríamos visto esfuerzos consistentes, bien planificados y multilaterales a lo largo de los años, no un ataque militar repentino que parece más un intento desesperado de distraer la atención de algún problema interno, quizás algo que se estaba acercando demasiado. Pero el verdadero meollo de la historia no es el ataque en sí; es el resultado. Es el momento en que el Congreso se da cuenta de que ha perdido completamente el control sobre el poder ejecutivo y tiene que luchar para reafirmar su autoridad, un juego que tanto demócratas como republicanos juegan dependiendo de quién esté en la Casa Blanca, lo que convierte todo el debate en una clase magistral de hipocresía. Es un espectáculo.

¿Fue toda esta operación en Venezuela un simple show mediático para desviar la atención de los problemas internos en casa?

Y mira, cuando un presidente decide repentinamente lanzar una operación militar de alto riesgo, especialmente en un ciclo electoral o durante un período de intenso escrutinio interno, tienes que buscar la agenda oculta, el verdadero motivo detrás del telón. Porque los presidentes, especialmente aquellos que prosperan con el espectáculo y el caos, entienden que nada distrae el ciclo de noticias más rápido que una crisis extranjera. Desvía la atención de los bajos índices de aprobación, los problemas económicos o los problemas legales, y obliga a todos a unirse alrededor de la bandera, aunque solo sea por unos días. Este asalto a Venezuela, que se produce en medio de una presión política interna significativa, parece menos un movimiento estratégico de política exterior y más una apuesta arriesgada por las relaciones públicas. Es el tipo de movimiento diseñado para que el presidente parezca duro, decisivo y como un líder que no rehúye una pelea, incluso si la pelea en sí está mal ejecutada y carece de un objetivo claro más allá de capturar a una persona específica. Pero el problema con este tipo de postura política es que rara vez funciona como se pretende, especialmente cuando una potencia extranjera hostil como Rusia o China, que tienen intereses significativos en Venezuela, lo ve como una escalada. Y cuando la operación en sí falla o encuentra obstáculos significativos, como pareció suceder, la reacción política se vuelve aún peor, haciendo que el presidente parezca débil en lugar de fuerte. Es una situación de perder-perder que nace de la necesidad de cambiar de canal.

Porque el verdadero peligro aquí, más allá de los fallos tácticos inmediatos de la misión, es la erosión de la confianza entre el poder ejecutivo y el Congreso, específicamente cuando se trata de poderes de guerra. Esto no se trata solo de una operación única; se trata de establecer un precedente para futuras acciones. Si un presidente puede decidir unilateralmente invadir un país o intentar el arresto de un líder extranjero sin la aprobación del Congreso, ¿qué les impide hacerlo una y otra vez, neutralizando efectivamente el papel del poder legislativo en la política exterior? Transforma la presidencia en una posición casi monárquica donde una sola persona puede decidir el destino de las naciones basándose en un capricho personal, en lugar de una estrategia cuidadosamente considerada y debatida por representantes electos. Pero seamos honestos, este no es exactamente un territorio nuevo. La Resolución de Poderes de Guerra ha sido pisoteada por presidentes de ambos partidos durante décadas, un hecho que Kaine y Shaheen conocen bien, pero eligen hacer ruido al respecto ahora porque la óptica es adecuada para su base política. Todo es parte del juego.

¿Por qué Tim Kaine y Jeanne Shaheen están a la cabeza de la protesta, y qué esperan realmente ganar con este argumento constitucional?

Y hablando de posturas políticas, miremos a los actores involucrados. El senador Tim Kaine, ex candidato a vicepresidente, entiende el juego político mejor que la mayoría. No solo está haciendo ruido; está calculando cuidadosamente cada movimiento para asegurar la máxima ventaja política. Cuando llama al ataque de Trump una acción que “pisoteó los poderes de guerra del Congreso”, no solo está expresando una postura constitucional de principios; se está posicionando como un defensor de los controles y equilibrios, una posición que se ve increíblemente bien para sus votantes y la base demócrata en general. Pero no pretendamos que esto es puro altruismo. Kaine sabe que al atacar al presidente en este tema, obliga a otros senadores, especialmente a los que buscan la reelección, a tomar partido, creando una clara línea divisoria entre los que apoyan el exceso ejecutivo y los que priorizan la autoridad legislativa. Es un movimiento inteligente en un Congreso profundamente dividido. Y Jeanne Shaheen, una política experimentada de Nuevo Hampshire, entiende el valor de este tipo de drama nacional. Nuevo Hampshire es un estado pendular, y al adoptar una postura firme contra la acción militar no autorizada, apela tanto a los votantes moderados que desconfían del poder ejecutivo como a los elementos antibélicos de su base. Es un ganar-ganar para ella, incluso si el problema en sí se desvse desvanece. Es política de la más pura.

Porque la verdadera batalla aquí no es por Venezuela; es por la financiación, la influencia y las maniobras políticas. La Resolución de Poderes de Guerra, si bien es importante en el papel, a menudo se convierte en una herramienta de influencia en el Congreso. Al exigir una sesión informativa y amenazar con bloquear la financiación para operaciones similares, Kaine y Shaheen esencialmente le están diciendo a la Casa Blanca: ‘¿Quieres jugar duro? Nosotros también podemos jugar duro.’ Entienden que si permiten que esta acción no autorizada específica no sea cuestionada, pierden influencia en futuros temas, desde el gasto de defensa hasta las asignaciones para otros departamentos. Esto no se trata de salvar a Venezuela de Maduro; se trata de salvar la autoridad del Congreso del poder ejecutivo, y en un panorama político profundamente dividido, esa batalla tiene prioridad sobre casi todo lo demás. La primera sesión informativa, donde según los informes el Congreso estaba dividido, demuestra que no todos en el Capitolio ven esto como un problema claro. Algunos miembros, probablemente de ambos partidos, temen parecer blandos en política exterior, especialmente cuando una postura firme contra Maduro se ve bien ante ciertos segmentos de la población. Por lo tanto, Kaine y Shaheen están esencialmente obligando a sus colegas a elegir entre apoyar al presidente o apoyar a su propia institución, un clásico aprieto político que es un material fantástico para la prensa rosa.

¿Cuáles son las implicaciones a largo plazo para América Latina y la política exterior de EE. UU., y qué estamos omitiendo en todo este desorden?

Y finalmente, hablemos del panorama general. Estados Unidos tiene una historia larga, complicada y a menudo desastrosa de intervenir en los asuntos latinoamericanos. Desde las ‘Repúblicas Bananeras’ hasta intervenciones más recientes, la política exterior de EE. UU. en la región ha favorecido constantemente el cambio de régimen o la acción militar sobre la diplomacia y la estabilidad a largo plazo. Este asalto a Venezuela encaja perfectamente en ese patrón, reforzando la percepción en toda América Latina de que EE. UU. ve la región como su patio trasero, un lugar donde puede actuar con impunidad sin considerar las consecuencias para la estabilidad regional. Este tipo de unilateralismo crea resentimiento, empodera a hombres fuertes como Maduro al darles una excusa para reunir apoyo nacionalista contra el ‘imperialismo yanqui’ y, en última instancia, empuja a países como Venezuela más a la órbita de adversarios estadounidenses como Rusia y China. Es una estrategia contraproducente que prioriza las ganancias políticas a corto plazo sobre los objetivos estratégicos a largo plazo.

Porque la verdadera historia aquí, la que todo el mundo se está perdiendo porque están centrados en el drama político inmediato en Washington, es el sufrimiento continuo del pueblo venezolano y la erosión de las instituciones democráticas en la región. La obsesión de Estados Unidos con un solo hombre fuerte a menudo eclipsa la compleja crisis humanitaria en juego, donde millones de personas están pasando hambre y los servicios básicos se han derrumbado. Esta acción militar no autorizada, lejos de ayudar al pueblo venezolano, probablemente solidifica la posición de Maduro, proporcionándole una poderosa herramienta de propaganda para justificar nuevas represiones y consolidar el poder. Es una tragedia envuelta en un truco político. Y mientras el Congreso debate la ley constitucional y el teatro político, las verdaderas víctimas de todo este espectáculo son las personas atrapadas en el medio, que se preguntan si Estados Unidos alguna vez cambiará su enfoque de la intervención a la asistencia genuina. Porque la realidad es que toda esta situación, desde el fallido ataque inicial hasta las disputas en el Congreso, es solo otro capítulo en una larga historia de errores de política exterior de Estados Unidos que rara vez, o nunca, logran sus objetivos nobles.

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