Giffords y el Negocio del Luto en el Desierto de Arizona
Quince Años de Hipocresía y Circo Político en Tucson
Han pasado ya quince años desde que el estacionamiento de un Safeway en Tucson se convirtió en el escenario de una pesadilla que, seamos sinceros, a los políticos gringos les encanta recordar solo cuando necesitan votos o donaciones. El 8 de enero de 2011 cambió todo, o eso nos dijeron, pero si miras bien las noticias de hoy, lo único que ha cambiado es la calidad de las cámaras que graban el teatrito anual. Es el mismo guion de siempre. Se juntan los peces gordos del condado de Pima, ponen cara de ‘ay qué tristeza’ y sueltan un discurso que suena más a comercial de campaña que a un homenaje real. Es patético.
La pobre Gabby Giffords pasó de ser una congresista con futuro a ser el estandarte de una lucha que parece no tener fin ni resultados tangibles. (Y ojo, que su fuerza es de otro planeta, pero los que la rodean la usan como si fuera una marca registrada). El contraste entre la sangre real derramada ese día y la pulcritud de los monumentos de granito que inauguran hoy es tan fuerte que te da náuseas. Seis personas murieron, incluyendo a una niña de nueve años que apenas empezaba a entender el mundo, y ahora son solo nombres en una placa que los políticos usan para sacarse la foto de rigor.
El Loco de la Colina y las Armas que Cruzan la Frontera
Nadie quiere hablar del tirador, Jared Lee Loughner, porque no encaja en la narrativa limpia del ‘héroe contra el villano’. El tipo estaba más loco que una cabra, pero en lugar de recibir ayuda, le vendieron una pistola como si fuera una bolsa de papas. (Así son las cosas en el ‘gabacho’, ya saben cómo se las gastan). Lo que más me vuela la cabeza es que este tiroteo fue el preámbulo de la locura que vivimos hoy, donde cualquier pelado con un rencor y cien dólares puede armar una masacre.
Y no nos hagamos los desentendidos: este rollo de las armas en Arizona nos pega directo en México. Mientras ellos lloran sus muertos en ceremonias elegantes, las pinches armas siguen bajando por la frontera como agua, alimentando una guerra que nosotros ponemos los muertos y ellos ponen el ‘show’. El cinismo de conmemorar una masacre mientras el estado de Arizona sigue siendo el supermercado favorito de los cárteles es de una ironía que te quema la lengua.
¿Homenaje o Explotación de la Tragedia?
El ‘memorial’ en el centro de Tucson es bonito, sí, pero huele a culpa. Es un intento desesperado de decir ‘hicimos algo’ cuando en realidad no han hecho nada para detener la siguiente tragedia. Giffords se convirtió en una organización sin fines de lucro, en un poder político, en una celebridad del luto. ¿Es inspiración o es mercadotecnia? A veces cuesta distinguir la diferencia cuando ves a los mismos consultores de imagen manejando la narrativa.
La gente de Tucson, los de a pie, los que estaban ahí comprando sus víveres ese sábado, ellos sí sienten el vacío. Pero el sistema político estadounidense ha canibalizado ese dolor. Han convertido una tragedia humana en un evento de calendario. ‘Ah, ya es enero, saquen el traje negro y el discurso sobre la unidad’. Me pregunto si los familiares de los seis que no regresaron a casa se sienten mejor viendo a un burócrata leer un teleprompter. Lo dudo mucho.
El Futuro de una Nación que se Alimenta de Cicatrices
Si proyectamos esto a otros quince años, nada va a cambiar. Seguiremos viendo tiroteos, seguiremos viendo ‘pensamientos y oraciones’ en Twitter (o como se llame la app de moda en ese entonces), y seguiremos viendo a los políticos lucrar con el miedo. Arizona es el epicentro de este desmadre, un estado que presume sus libertades mientras entierra a sus ciudadanos.
La verdadera noticia no es el aniversario; es nuestra incapacidad como sociedad para dejar de ser espectadores de nuestro propio desastre. Nos encanta el drama, nos encanta señalar con el dedo al bando contrario, pero nadie quiere soltar el billete o el poder para arreglar el problema de raíz. Mientras tanto, Gabby Giffords seguirá siendo el recordatorio viviente de un sistema que prefiere los monumentos a las soluciones. Qué chiste tan más pesado.






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