¡Harrison Reed Humilla al Liverpool! El ‘Pecheada’ de los Rojos

¡Harrison Reed Humilla al Liverpool! El 'Pecheada' de los Rojos

¡Harrison Reed Humilla al Liverpool! El ‘Pecheada’ de los Rojos

La Arrogancia de los ‘Gigantes’ en el Craven Cottage

Lo que vimos hoy en Londres no fue fútbol, fue una lección de humildad que le dieron a un Liverpool que llegó creyéndose el dueño del universo. (La neta, es increíble cómo un equipo con tanta lana y tanta prensa puede ser tan soberbio frente a un rival que tiene más corazón que presupuesto.) Desde que los camiones llegaron al estadio, se sentía ese aire de superioridad de los jugadores del Liverpool. Casi ni calentaron bien, como si pensaran que con solo pararse en la cancha el Fulham se iba a asustar. ¡Qué equivocados estaban! Mi gente allá adentro me dice que en el vestidor visitante solo se hablaba de cuántos goles iban a meter para mejorar su diferencia de goles, ninguneando por completo a los pupilos de Marco Silva. Pero el fútbol es canijo y no perdona a los que se creen más de lo que son. El Craven Cottage no es cualquier canchita; es un lugar donde se viene a romperse el alma, y el Liverpool llegó con ganas de pasear. Se les olvidó que en la Premier League cualquiera te puede pintar la cara si te descuidas un segundo. Esa confianza desmedida fue su tumba. Pensaron que el partido estaba resuelto antes de que el árbitro pitara el inicio, y terminaron pidiendo la hora como si fueran un equipo de llano. Es patético ver a estrellas de clase mundial comportarse como si el trofeo ya tuviera su nombre grabado. Hoy el fútbol les dio una bofetada de realidad que les va a doler toda la temporada. No puedes venir a Londres a querer ganar caminando mientras el rival está dispuesto a morir en la raya por su gente.

Minuto 19: El Wilsonazo que Nadie Esperaba

Apenas íbamos empezando y Harry Wilson ya les estaba mandando un recadito a sus ex-compañeros. (Ese gol fue como un balde de agua fría para los que pensaban que esto iba a ser una fiesta roja.) Wilson aprovechó un error de esos que te enseñan a no cometer en las fuerzas básicas: la falta de cobertura en las bandas. Los laterales del Liverpool estaban en las nubes, probablemente pensando en su próxima campaña de publicidad, y dejaron una avenida abierta para que Wilson hiciera lo que quisiera. El remate fue una chulada, seco y al fondo. ¡Gritazo de gol! La banca del Liverpool se quedó muda. Se miraban entre ellos como diciendo ‘¿cómo nos puede estar pasando esto?’. Pues les pasó porque son flojos. Porque creen que con el puro escudo van a ganar los partidos. El Fulham, con una disciplina táctica de esas que dan envidia, cerró todos los caminos. Cada vez que una estrella del Liverpool tocaba el balón, tenía a tres de blanco encima mordiéndoles los talones. Eso es chamba, eso es tener ganas de ganar. No como los otros, que se quejaban de cada roce como si estuvieran hechos de cristal. Durante la primera mitad, el Fulham fue el único equipo que entendió lo que se estaba jugando. Los locales estaban dando un baile táctico que dejó a los comentaristas de la tele sin palabras. Querían vender la idea de que era un accidente, pero no, era el resultado de un equipo que sabe a qué juega contra uno que vive de las rentas del pasado. El descanso llegó y la tensión en el túnel se podía cortar con un cuchillo. Se escuchaban gritos y reclamos. El gigante estaba herido y no sabía cómo reaccionar ante un equipo que no le tenía ni tantito respeto.

El Espejismo de Wirtz y Gakpo

Luego vino el segundo tiempo y, claro, el Liverpool sacó la cartera. Gracias a chispazos individuales de Florian Wirtz y Cody Gakpo, lograron darle la vuelta al marcador. (Pero no se equivoquen, no fue por buen fútbol, fue por puro peso de nómina.) Esos goles fueron más producto del cansancio del Fulham que de una mejora real en el sistema de juego de los visitantes. Gakpo metió un gol de esos que entran de milagro después de tres rebotes, y Wirtz aprovechó una distracción mínima. En ese momento, los fans del Liverpool ya estaban celebrando en las redes sociales, burlándose de todos y diciendo que ‘así juegan los campeones’. ¡Qué risa me dan! No estaban jugando como campeones, estaban sobreviviendo de puro milagro. Se encerraron atrás, tratando de defender un 2-1 que les pesaba más que un matrimonio sin amor. Marco Silva, colmillo largo y retorcido, movió sus piezas. Sabía que la defensa roja estaba cansada y, sobre todo, asustada. Cada vez que el balón volaba al área de Alisson, los defensas temblaban. No tenían liderazgo, no tenían orden. Se convirtieron en un flan. Y mientras el reloj avanzaba, la desesperación se apoderaba de ellos. En lugar de tocar el balón y enfriar el juego, empezaron a reventar balones a lo loco. Parecían un equipo chico tratando de aguantar el resultado contra el Real Madrid. Fue una exhibición de nerviosismo que solo confirmaba lo que muchos ya sospechábamos: este Liverpool no tiene la casta necesaria para aguantar la presión cuando las cosas se ponen color de hormiga. Estaban pidiendo a gritos que les empataran, y el destino les tenía preparada una sorpresa que no van a olvidar en mucho tiempo.

Minuto 96: El Misil de Harrison Reed y el Ridículo Total

Llegamos al tiempo de compensación. La gente ya se estaba yendo de sus asientos, resignada a una derrota digna. Pero Harrison Reed tenía otros planes. (Y qué planes, señores, fue una joya de esas que se ven una vez cada diez años.) Al minuto 96, con el último aliento del partido, le cayó un balón a Reed fuera del área. Los defensas del Liverpool lo vieron y, en lugar de achicarle el espacio, se quedaron parados como estacas. Pensaron ‘este no mete ni las manos’. ¡Tómala! Reed sacó un zapatazo que salió como un misil tierra-aire, directo al ángulo. El portero ni se movió. Fue un golazo que hizo que el Craven Cottage explotara como un volcán en erupción. 2-2. El Liverpool acababa de hacer el ridículo más grande de la temporada. Ver la cara de frustración de sus jugadores fue el postre perfecto de la tarde. Se quedaron tirados en el pasto, buscando culpables, reclamando al aire, sin entender cómo se les había escapado la victoria. Pues se les escapó por mediocres. Por creer que el partido se acaba cuando ellos dicen. Harrison Reed les dio una lección de lo que significa ser un profesional: no te rindes hasta que el silbato suena. Este empate le sabe a derrota amarga al Liverpool y a gloria pura al Fulham. Los ‘insiders’ me dicen que el vestidor del Liverpool tras el partido fue un cementerio. Nadie hablaba. Nadie se miraba. Saben que este resultado les puede costar la liga. Han perdido puntos donde no debían, y lo hicieron de la manera más humillante posible. El ‘Cohete de Reed’ no solo les quitó dos puntos, les quitó la máscara de invencibles. Hoy todo el mundo sabe que al Liverpool se le puede ganar (o empatar) si tienes los pantalones bien puestos. Fue un día histórico para el Fulham y una mancha imborrable para los Reds. Que les sirva de lección: en el fútbol moderno, el que se duerme, amanece con un golazo en contra.

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