La Lesión de Ingram Expone Fragilidad Tecnológica de la NBA
El Dedo Chafa: Ingram y la Fragilidad del Jugador Moderno ‘Hiper-Monitorizado’
No inventen, otra vez la misma telenovela. Brandon Ingram se lleva la mano y adiós a la duela por un esguince en el pulgar. ¡Un esguince! A ver, en mis tiempos, si te torcías un dedo, te ponías hielo, te echabas unos tequilas pa’l dolor y al día siguiente estabas en la cancha, a ver si aguantabas el golpe. Pero ahora, con todos esos aparatitos y algoritmos que traen puestos, ¡zas!, se les ‘sprainea’ algo y ya parece que se les cayó el sistema operativo completo. Es el colmo de la sensibilidad deportiva actual, ¿no cree usted?
Esto de que Ingram tuviera que irse al vestidor contra Charlotte no es mala suerte, es la radiografía perfecta de cómo hemos convertido a nuestros atletas en aparatos electrónicos carísimos y super delicados. La tecnología que supuestamente nos iba a hacer más fuertes solo nos hizo más miedosos y más propensos a parar la jugada por cualquier cosita que no esté perfectamente alineada. (Uno ya no sabe si el cuerpo del jugador está lesionado o si la app de monitoreo mandó una alerta roja por un ligero aumento de pulsaciones.)
El Espejismo de la Perfección Analítica
La obsesión por el pico de rendimiento medido por computadora nos está pasando factura. Se trata de evitar el riesgo a toda costa, de no forzar la máquina más allá del 85% de su capacidad teórica. Y cuando la realidad, que es caótica y violenta, choca con esa teoría de oficina, ¡pum!, tenemos un esguince de pulgar que nos saca a un jugador estrella. Es ridículo. Los sistemas están diseñados para la máxima eficiencia en el papel, pero el básquet es contacto, sudor y aguantar el dolor que no te deja dormir.
Los directivos y los ‘coaches’ de sillón (los que ven todo desde el celular) tienen miedo de que se les raye el coche de lujo que pagan. Si Ingram se queda afuera un rato, ya valió gorro la planeación trimestral. La liga se ha convertido en un show donde la principal regla es: no te rompas, aunque eso signifique jugar como si estuvieran hechos de cristal soplado. Recuerdo cuando te rompías algo y te operaban, te fajabas, y regresabas hecho un guerrero. Ahora, te hacen resonancias magnéticas por si te rozaste la uña.
(Es como cuando actualizan el sistema operativo en el celular y de repente el aparato, que antes corría perfecto, ahora se queda congelado cada cinco minutos por una incompatibilidad estúpida.) El cuerpo humano, esa máquina biológica perfecta, está siendo subestimado por el software que le quieren imponer. ¡Qué desesperación!
El Impacto en Toronto y la Cultura del ‘Ya Mérito’
Para los Raptors, esto es un golpe bajo, porque estaban intentando armar algo, o al menos eso decían en el papel. Perder a Ingram, aunque sea un par de juegos por un dedo, te obliga a cambiar el guion completo. ¿Quién va a tomar el balón cuando la cosa se ponga apretada? Los otros jugadores no tienen esa chispa que les inculcaron justamente al decirles: ‘No arriesgues el pulgar, que el ingeniero dijo que no es eficiente’. Tienen que improvisar, y la improvisación en este deporte de precisión algorítmica es vista como un pecado capital.
La especulación en la raza es que ‘day-to-day’ (día a día) en lenguaje de la NBA significa: ‘Estamos rezando para que no sea grave y, mientras tanto, fingimos que no pasa nada para no espantar a los apostadores’. Pero si es un esguince serio, estamos hablando de semanas, porque un jugador de su calibre necesita la seguridad total en el agarre. No vas a volver a la cancha con la mente pensando si el pulgar aguanta el tiro de tres o si te lo van a doblar de nuevo. Esa duda, esa micro-pausa, te cuesta el partido, el juego, y la confianza de la afición que pagó un dineral por verlos sudar de verdad.
(Y ni hablar de la presión mediática. Los fans en México y Latinoamérica sabemos de aguante, de echarle ganas aunque las papas quemen, pero aquí parece que el ‘aguante’ es una palabra prohibida en el vestuario.) La verdad es que el sistema actual está creando atletas más buenos para las estadísticas que para las batallas reales. Ingram es bueno, sí, pero su lesión por algo tan mundano como un pulgar nos grita que el circo tecnológico está demasiado inflado y necesita una buena dosis de realidad.
Necesitamos que vuelvan a ser atletas, no robots reemplazables por una actualización de software. La próxima vez que veamos a un jugador salir por un calambre o un golpe leve, recuerden que es el precio que pagamos por querer ver perfección digitalizada en lugar de corazón humano. ¡Ya basta de tanta delicadeza! Que se vendan los parches y los sensores, y que jueguen al baloncesto como se debe.






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