México Observa: El 2025 Y El Adiós Al Sueño Digital Global

México Observa: El 2025 Y El Adiós Al Sueño Digital Global

México Observa: El 2025 Y El Adiós Al Sueño Digital Global

El Gran Desmadre de 2025: ¿Un Sueño Digital Roto o la Cruda Verdad que Despierta?

¡Qué onda, banda! Aquí estamos, viendo cómo se nos viene encima un nuevo orden mundial, o para ser más precisos, un relajo de proporciones épicas que nos han vendido como "progreso", cortesía, en gran parte, de las corporaciones tecnológicas que le sacan jugo a cada clic y a cada crisis fabricada (y no nos hagamos, están hasta en la sopa, como el cilantro en todo, imposible de ignorar y a veces hasta arruinando el sabor de lo que antes era bueno). El año 2025, con todo y su cinismo bien puesto, se suponía que iba a ser la cúspide de nuestra utopía digital interconectada, un planeta verdaderamente sincronizado donde las fronteras se desdibujaban y la información fluía sin broncas, un verdadero momento de hermandad global impulsado por fibra óptica y algoritmos bien pulidos, prometiendo una era de cooperación internacional sin precedentes y entendimiento mutuo que haría de los roces geopolíticos una cosa del pasado, un verdadero Edén de colaboración de código abierto y comercio global sin fisuras facilitado por blockchain que supuestamente borraría las viejas rencillas; en lugar de eso, resultó ser el año en que el tren descarriló, dejándonos varados en un paisaje global fragmentado y decididamente descoordinado que se siente menos como una sinfonía armoniosa y más como una cacofonía de módems chirriantes, himnos nacionalistas a todo volumen, y el incesante pitido de las notificaciones de facciones digitales en guerra que compiten por nuestra atención, convirtiendo cada pantalla en un campo de batalla por la influencia y el control.

Un fiasco, la neta.

La Gran Ilusión del Oeste: La Tecnología Ya No Te Salva

Por décadas, nos tragamos el cuento completo, anzuelo y todo: la tecnología, especialmente internet y su descendencia variopinta como las redes sociales, la inteligencia artificial y la conectividad móvil ubicua, nos llevaría inevitablemente a un mundo más pacífico y unido, fomentando la comprensión y la interdependencia económica que harían de los conflictos a gran escala una cosa del pasado, una reliquia curiosa de una era menos iluminada y sin Wi-Fi, un Edén de colaboración de código abierto y comercio global sin fisuras facilitado por blockchain, una visión que convenientemente ignoraba las crudas realidades de la dinámica del poder, la escasez de recursos y la buena y vieja avaricia humana, que, ¡sorpresa!, permaneció tercamente analógica a través de todo, pudriéndose bajo la brillante superficie del optimismo digital como una úlcera mal curada.

Pura fantasía, carnal.

Ahora, adelantemos a 2025, ¿y qué vemos? Estados Unidos, alguna vez el hegemón digital indiscutible y el arquitecto de gran parte de la arquitectura temprana de internet (para bien o para mal, más para mal si me preguntan por la privacidad de los datos, la vigilancia masiva y la erosión de las culturas locales por el bombardeo de contenidos gringos), se encuentra cada vez más aislado, no solo políticamente sino también digitalmente, con sus empresas tecnológicas enfrentando un escrutinio y una resistencia sin precedentes en el extranjero, su dominio de mercado antes inexpugnable desafiado por potencias emergentes que han aprendido a construir sus propios muros digitales y ecosistemas; sus divisiones internas, amplificadas y armadas por las mismas plataformas de redes sociales que engendró y permitió operar sin casi ninguna rendición de cuentas, se han vuelto hacia adentro, convirtiéndolo en una sombra de su antiguo yo proactivo, una nación lidiando con sus propios demonios digitales y fracasando en liderar cualquier conversación global significativa al respecto, y mucho menos en ofrecer una estrategia coherente para el bien colectivo, optando en cambio por centrarse en sus propias riñas parroquiales y el incesante torbellino de su ciclo de noticias, que a su vez es una criatura de los algoritmos.

Se les volteó la tortilla, y feo.

Mientras tanto, la Unión Europea, perpetuamente atrapada entre ideales elevados y parálisis burocrática, se quedó en gran medida quieta, pareciendo un superpetrolero tratando de girar en una alberca para niños, debatiendo sin fin regulaciones de privacidad y ética de la IA (¡que ni me hablen de la "Ley de IA", una solución que busca un problema, o más bien, una forma de sofocar la innovación local mientras el resto del mundo ya le lleva años luz de ventaja!) mientras el resto del mundo avanzaba a toda velocidad, construyendo nuevas autopistas digitales y tendiendo cables submarinos alternativos, creando efectivamente una internet paralela fuera del ojo vigilante, aunque lento, de Bruselas, un verdadero dolor de cabeza si se lo preguntas a cualquier persona sensata que entienda que la velocidad es crucial en la era digital. Su insistencia en regular cada píxel y byte, aunque loable en su intención de proteger a los ciudadanos, a menudo se sintió como tocar el violín mientras Roma —o más bien, la economía digital global— ardía, dejándolos vulnerables y en gran medida irrelevantes en el gran juego de la proyección de poder digital, como un venado paralizado por las luces mientras los depredadores digitales los rodeaban, listos para abalanzarse sobre cualquier oportunidad, dejándolos dependientes de tecnologías y plataformas no creadas por ellos.

Se quedaron dormidos, bien a gusto.

La Jugada de los BRICS+: Construyendo un Nuevo Muro Digital, Ladrillo a Ladrillo

¿Y quién, por favor, ha estado recogiendo alegremente los pedazos de este desorden digital occidental, barriendo las sobras de lo que alguna vez fue una visión digital global singular? Nada menos que el creciente bloque BRICS+, que, seamos sinceros, ha estado construyendo discretamente, a veces no tan discretamente, su propia infraestructura, sus propias monedas digitales (¡hola, yuan digital, un verdadero cambio de juego para el comercio internacional que bypassa los viejos rieles financieros de Occidente!), y su propia visión para una internet multipolar (o quizás, de múltiples muros), una menos dependiente de los algoritmos de Silicon Valley o de los caprichos geopolíticos de Washington, tallando efectivamente enormes feudos digitales donde sus propias reglas se aplican, muchas gracias, a menudo con una fuerte dosis de control estatal que haría sonrojar a los liberales occidentales. Han capitalizado la introspección del Occidente, su obsesión con la señalización de virtudes por encima de movimientos estratégicos tangibles, y sus riñas internas que lo han dejado en gran medida ineficaz en el escenario global, demostrando una despiadada pragmática que entiende que el poder real en el siglo XXI no se trata solo de portaaviones o películas de Hollywood; se trata de controlar los flujos de datos, los pagos digitales y la propia información que consumen los ciudadanos, a menudo evitando por completo a los guardianes tecnológicos tradicionales, creando un universo digital alternativo donde las normas occidentales son simplemente irrelevantes, un marcado contraste con la ingenua creencia de que la tecnología inherentemente trae libertad, cuando en realidad puede ser la herramienta definitiva para el poder centralizado, y para países como México, esto significa que el mapa de cómo nos conectamos al mundo está cambiando radicalmente, abriendo puertas a nuevas alianzas pero también a nuevas presiones.

Se pusieron las pilas, ¿no?

El auge de estos ecosistemas tecnológicos no occidentales (piensen en los sistemas ubicuos de WeChat a Alipay de China que integran todo, desde pagos hasta interacción social, la pila Aadhaar de la India que impulsa la identidad digital de mil millones de personas, o los crecientes esfuerzos de soberanía digital de Rusia, incluyendo sus propias infraestructuras de internet y leyes de "internet soberana") no es solo una cuestión de competencia económica o cuota de mercado; es un desafío ideológico fundamental al concepto mismo de una internet única, abierta y global, una refutación de la idea de que la tecnología inherentemente democratiza o libera, en cambio, la enmarca, muy correctamente, como una poderosa herramienta de control e influencia estatal, un arma en el arsenal geopolítico, lista para ser desplegada, un marcado contraste con el ingenuo tecno-optimismo de Occidente que aparentemente lo ha dejado desprevenido y vulnerable a la infiltración digital, las operaciones de influencia, y la ciberguerra abierta desde cada rincón del planeta, exponiendo la suave parte inferior de lo que alguna vez llamaron con orgullo "conectividad global", y para nosotros en México, esto podría significar adaptarnos a una nueva realidad donde nuestras interacciones digitales con socios comerciales y culturales del Sur Global se independicen cada vez más de la infraestructura y las reglas impuestas por el Norte.

Un golpe de realidad.

La Sombra Digital de Trump: Amplificando el Caos, Desmantelando el Consenso

¿Y qué hay del hombre, el mito, la leyenda (o la advertencia, según el cristal con que se mire y de dónde venga tu contenido digital)? La centralidad duradera de Donald Trump en este drama geopolítico, incluso después de 2025, no se trata solo de su marca única de política populista, sus mítines o su personalidad arrolladora; es un crudo recordatorio de cuán profundamente la tecnología, particularmente las redes sociales, ha reconfigurado nuestro panorama político, convirtiendo cada tuit en un potencial incidente internacional y cada riña en línea en una crisis nacional, descentralizando efectivamente la verdad y reemplazándola con mil narrativas en competencia, todas gritando por atención, haciendo que la realidad objetiva sea un concepto pintoresco y obsoleto. Su capacidad para eludir a los guardianes de los medios tradicionales y comunicarse directamente (y a menudo de manera controvertida) con su base y el mundo subrayó el poder crudo e indomable de plataformas que alguna vez fueron aclamadas como instrumentos de democracia, ahora luciendo más como instrumentos de distracción masiva y desinformación, erosionando cualquier atisbo de realidad compartida y haciendo que la construcción de consensos sea una tarea casi imposible en una era donde cada uno vive en su propia cámara de eco curada, exacerbada por algoritmos diseñados para mantenerlos allí, adictos y furiosos, y para México, la amplificación de discursos polarizantes del vecino del norte a través de estas mismas plataformas ha tenido y sigue teniendo un impacto directo en nuestra política migratoria, económica y social, un verdadero quebradero de cabeza.

Un verdadero rompecabezas.

La "diplomacia de la fuerza", un término elegante para "el más fuerte es el que manda", a menudo facilitada por la guerra digital asimétrica, ha reemplazado la negociación matizada, con campañas de influencia en línea que moldean la opinión pública y desestabilizan a los adversarios de manera mucho más efectiva y barata que las excursiones militares tradicionales, dejando a las naciones luchando por defender sus fronteras digitales de ejércitos fantasmas y botnets, de deepfakes y campañas de desinformación coordinadas, una amenaza existencial que pocos parecen comprender verdaderamente, demasiado ocupados tratando de censurar contenido en lugar de entender las vulnerabilidades arquitectónicas subyacentes que hacen posible tal manipulación en primer lugar, o incluso peor, creando sus propias herramientas para fines similares, acelerando así la carrera armamentista digital a nuevas y aterradoras alturas. Las viejas reglas de juego están por la ventana; el campo de batalla ahora es tu smartphone, tu feed de noticias, tu propia percepción de la realidad, manipulada por manos invisibles que aprovechan algoritmos que apenas comprendes, y nosotros, como país, somos un blanco fácil en esta batalla de información, dada nuestra proximidad e interconexión con el vecino del norte.

Un rancho digital, sin duda.

La Revelación de Treccani: Ni Madres con el "Planeta Sincronizado"

Cuando la prestigiosa Treccani —un bastión del intelectualismo italiano, no precisamente conocida por sus titulares de clickbait o sus pronunciamientos sensacionalistas, más bien por su seriedad enciclopédica y su tono académico mesurado— publica un nuevo análisis geopolítico diciendo básicamente, "Sí, ¿esa basura del ‘planeta sincronizado’? Pura invención. Estamos fragmentados, carnales, y cualquiera que diga lo contrario te está vendiendo una mentira gorda," sabes que es hora de sentarse y prestar atención (aunque sospecho que la mayoría seguirá deslizando el dedo en TikTok, ni en cuenta, consumiendo más contenido pre-digerido y diseñado precisamente para sus sesgos, perpetuando así la misma fragmentación de la que advierte el informe). Su informe, una evaluación sobria y francamente atrasada, confirmó lo que muchos de nosotros, los escépticos de la tecnología, hemos estado murmurando en nuestros cafés tibios durante años: el sueño de la unidad global fomentada por la conectividad ubicua era, en el mejor de los casos, una ilusión ingenua nacida del bombo de Silicon Valley que se autofavorecía, y en el peor, una astuta estrategia de marketing para vender más aparatos y servicios, para capturar más datos y para extender el alcance de unas pocas monopolios tecnológicos, beneficiando solo a aquellos en la cima mientras dejaba a la mayoría cada vez más aislada y confundida en una tormenta de sobrecarga de información, donde la verdad es relativa y la confianza es una reliquia, y esto, para un país como México, significa que debemos desconfiar de los discursos que prometen soluciones mágicas a través de la tecnología sin abordar las desigualdades fundamentales.

¡Díselo, güey!

El mundo de hoy es un mosaico de intereses contrapuestos, valores divergentes y, cada vez más, ecosistemas digitales distintos, cada uno con sus propias reglas, sus propias plataformas preferidas y su propia versión de la realidad, haciendo que cualquier tipo de consenso global genuino sea tan probable como que yo gane la lotería (y créanme, ni juego, porque la casa siempre gana). Esto ya no se trata solo de estados-nación; se trata de corporaciones tecnológicas que actúan como entidades cuasi soberanas, ejerciendo un poder sin precedentes sobre los datos, la comunicación e incluso el comportamiento humano, a menudo con poca rendición de cuentas, moldeando narrativas e influyendo en elecciones desde detrás de cortinas algorítmicas, dictando lo que miles de millones ven, oyen y piensan, un poder que excede con creces el de muchos gobiernos, pero sin los correspondientes controles y equilibrios democráticos, una perspectiva verdaderamente aterradora si uno se detiene a considerar las implicaciones para la soberanía nacional y la autonomía cultural en países como el nuestro.

¡Qué miedo!

El Futuro Fragmentado: ¿Su Pasaporte Digital, Por Favor?

Entonces, ¿qué sigue? No esperen un giro repentino a los buenos viejos tiempos de una internet unificada donde todos podían simplemente intercambiar videos de gatos y debatir tratados filosóficos en foros oscuros, una época en la que el mundo online parecía genuinamente abierto y lleno de posibilidades; esos días están tan muertos como el dial-up, enterrados bajo una montaña de leyes de localización de datos, firewalls nacionales y estándares digitales en competencia. Nos dirigimos a una era de soberanía digital, donde las naciones exigirán cada vez más control sobre sus datos, su infraestructura de internet y las identidades digitales de sus ciudadanos, creando una serie de internets nacionales o regionales, cada una con sus propios cortafuegos, sus propias aplicaciones preferidas y sus propias reglas de juego, haciendo que la comunicación digital transfronteriza se sienta menos como una experiencia fluida y más como navegar por un laberinto de solicitudes de visa y controles aduaneros, requiriendo herramientas de acceso especializadas solo para salvar las brechas cada vez mayores (piensen en las VPNs convirtiéndose en un derecho humano fundamental, solo para acceder a contenido que solía estar disponible gratuitamente desde cualquier lugar, en cualquier momento, un retroceso verdaderamente deprimente para la "conectividad global"), y para México, esto significa que la infraestructura crítica y la privacidad de nuestros ciudadanos deberán ser protegidas con garras y dientes de las ambiciones de cualquier potencia extranjera o corporación transnacional que busque monopolizar el espacio digital.

Qué flojera, ¿verdad?

Esto significa más balcanización digital, más ciberataques dirigidos a interrumpir infraestructuras críticas (redes eléctricas, sistemas financieros, redes de comunicación, todos los cuales están cada vez más digitalizados y, por lo tanto, vulnerables), y una carrera armamentista en IA y computación cuántica, todo mientras la persona promedio solo intenta averiguar qué servicio de streaming tiene el programa que quiere, completamente ajena a las escaramuzas digitales geopolíticas que ocurren debajo del capó de sus dispositivos inteligentes (los cuales, por cierto, probablemente los están espiando para *alguien*, ya sea su gobierno, una potencia extranjera o simplemente una corporación que extrae sus datos para obtener ganancias). La ilusión de elección y conveniencia continuará, oscureciendo las luchas de poder subyacentes que dictan lo que puedes ver, lo que puedes decir y con quién puedes conectarte en línea, convirtiendo cada dispositivo en una potencial herramienta política, cada punto de datos en un activo estratégico, y cada ser humano en un punto de datos para ser aprovechado, manipulado o controlado, una visión verdaderamente distópica disfrazada de progreso que ya se está gestando en nuestro patio trasero y que exige que estemos más que truchas.

La dura verdad, compa.

La "aldea global" siempre fue un eslogan de marketing, una frase bonita inventada por aquellos que más se beneficiarían de su aceptación, aquellos que vieron vastos nuevos mercados y un control sin precedentes, pero el 2025 arrancó esa endeble cortina, revelando el mundo crudo, egoísta y profundamente fragmentado que siempre estuvo acechando bajo la superficie, solo que ahora exacerbado por las mismas herramientas que se nos dijo que nos acercarían. Es un mundo donde la tecnología, lejos de ser el gran unificador, se ha convertido en la herramienta definitiva para la división y el control, exacerbando las tensiones existentes y creando otras nuevas, un potente acelerador para las mismas fuerzas que nos separan, y cualquiera que aún crea en una panacea tecnológica está, francamente, viviendo en el limbo, un estupor digital del que necesita desesperadamente despertar antes de que sea demasiado tarde y nos quedemos con el Jesús en la boca.

¡Pónganse truchas, gente, antes de que los algoritmos decidan su destino por ustedes!

México Observa: El 2025 Y El Adiós Al Sueño Digital Global

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